Trenes, barcos y aviones imitan a la naturaleza en lo que consiguen, pero no en el cómo. A la inteligencia artificial no le damos ese margen: buscamos en la máquina un reflejo nuestro.
Gafas, equipo de sonido, frigorífico. Nuestras casas son auténticas Wunderkammern que habrían hecho enloquecer a cualquier rey del siglo XVI.
Hace unos días me encontré con Ordinary Abundance. Un recordatorio breve, factual pero aún dotado de cierta remembranza lírica, de que muchas de las cosas que hoy damos por sentadas en nuestro día a día son pura genialidad que hace apenas unos siglos habraían maravillado a cualquiera.
No se trata de decir que el mundo sea perfecto, obviamente no lo es. Pero es maravillante, jugando a construir un participio activo. Maravillado es quien recibe el asombro; maravillante, lo que lo provoca. Un poco como estúpido y estupendo, que salen los dos del stupere latino y aluden a ese quedarse pasmado, diferenciándose únicamente según de qué lado del pasmo te toque estar.
El mundo no ha dejado de ser maravillante. Pero nosotros hemos dejado de estar maravillados.
Abundancia ordinaria, el agua que hemos dejado de ver
Sin ser el Edén, no obstante, vivimos en un mundo que hemos llenado de cotidianas maravillas: desde el frigorífico a las gafas o esa lámina que compraste en Orsay para llevarte a casa tu cuadro preferido. Tan inmersos en maravillas que a veces las olvidamos, como los pececillos de David Foster Wallace olvidaban qué era el agua, de tanto verla.
Igual con esta última frase os he perdido. Me regañarán mis queridos expertos en marketing por desviarles del hilo ahora que ya tenía su atención, pero tienen ustedes que oír This is Water, de David Foster Wallace. Es un texto precioso del que hablé en el blog en un par de ocasiones (y la de ocasiones en que me he contenido; hoy, no).
El espejo del guepardo y las maravillas que nunca son como las imaginamos
Parte del problema es que somos un poco cuadriculados acerca de cómo han de ser los inventos futuros. El meme invita a hablar de coches voladores. La realidad siempre es diferente. Es un poco lo que pides en AliExpress y lo que te llega, fenómeno que en pocos casos se cumple con más certidumbre que cuando el ser humano trata de imitar a la naturaleza.
Es ahí donde nos liamos. No comparamos el invento con lo que el invento hace, sino con lo que teníamos en la cabeza cuando lo imaginamos. El guepardo es el espejo con el que medimos al tren, y el tren siempre va a salir perdiendo en aquello que el guepardo hace bien.
El ser humano quería ser rápido como los guepardos e inventamos cosas para movernos rápido, pero los trenes y los coches no corren como un guepardo. También quisimos viajar por el agua como los peces y también lo conseguimos, pero barcos y submarinos no se desplazan como un pez. Y podemos volar, pero tampoco volamos como un pájaro.

Todas esas invenciones son a la vez superiores e inferiores a la alternativa original. Somos más rápidos, pero no cambiamos de dirección con la misma facilidad; volamos más lejos, pero necesitamos varios kilómetros solo para despegar y una mosca despega y aterriza en el capuchón de mi boli Bic. Por dejarlo en un par de ejemplos sencillos.
Con la inteligencia pasa igual, solo que el espejo lo llevamos puesto. Los humanos tendemos a vernos en el centro mismo del universo (y esto nos lleva de vuelta al default system que Wallace describe en el meollo más interesante de This is Water), de modo que consideramos que las cosas son naturales solo cuando cumplen nuestros criterios. Miramos la máquina buscando nuestro reflejo y, al no encontrarlo, concluimos que no hay humanidad ahí dentro. Somos un tanto chauvinistas, por así decirlo.
Movimiento 37, o la inteligencia que no supimos ver
En Maniac (del que hablamos hace unos días), Labatut relata el enfrentamiento entre AlphaGo y Lee Sedol (el duelo multipartida equivalente en go al Kasparov vs Deep Blue de ajedrez, mucho menos conocido en occidente pese a su grandísima relevancia). En marzo de 2016, durante la segunda partida del duelo, en el movimiento 37, la máquina coloca una piedra en un lugar inesperado del tablero, en un lugar donde ningún profesional habría jugado jamás. A los comentaristas les da la risa y asumen que es un error; tras todo el hype tras la primera victoria, la máquina no estaba a la altura del reto, game over.

O eso creyeron durante unos minutos. Fan Hui, campeón europeo y que ya había sido derrotado por AlphaGo unos meses antes, fue el primero que, casi en directo, opinó diferente: aquello de que no era un movimiento humano.
Sobra decir que AlphaGo ganó la partida y, a la postre, el duelo.
Ahí tienen ustedes el guepardo y el tren, versión go. Enfrentados a un razonamiento que no es superior ni inferior pero sí distinto nuestra primera reacción colectiva fue llamarlo equivocación. Cuando tu agente se pone a programar piensa diferente a como lo haces tú y, como no reconocemos esa forma de razonar, la miramos desde arriba. No será para tanto, no será verdadera inteligencia, concluimos.
Por intentar ser objetivo, conviene ver si logramos meter la cuchara a la contra. Nadie discute si un avión vuela, porque volar tiene una definición y el avión la cumple. Con inteligencia no tenemos una definición tan objetiva; algo que nos ponga de acuerdo y con lo que valorar sin ambigüedad si algo representa o no inteligencia.
Pero entonces la postura podría ser «no lo sé» en lugar de «no lo es». Y a eso se suma nuestra reticencia a darle el marchamo: cada vez que hemos tenido una definición clara, la hemos movido. Inteligencia es jugar bien al ajedrez, hasta que cayó el ajedrez y dejó de parecernos el único requisito. Ahí añadimos que había que jugar bien al go, hasta que también cayó el go. Traducir, escribir, ¿demostrar nuevos teoremas quizá? ¿Habrá que mover la portería de nuevo? Lean a Daniel Arjona sobre esto. La frontera de lo que cuenta como inteligencia lleva treinta años retrocediendo justo hasta donde la máquina todavía no llega, lo cual es una manera muy elaborada pero un poco sibilina de no perder nunca la discusión.
Humanidad transitiva, nuestra esencia extendida a nuestras creaciones
La vida es lo que pasa mientras estudias ciencias y lees a Tolkien. La mía, al menos. Vamos a meterlo todo en la batidora.
Sagan, profundamente ateo, escribió en Cosmos que somos una forma que tiene el cosmos de conocerse a sí mismo. Así, una inteligencia artificial no es inhumana porque es una vuelta al mismo mecanismo. El de la materia organizándose para entenderse, ahora a través de nosotros en lugar de directamente. Tolkien llegó a un sitio parecido desde el extremo opuesto. Profundamente católico, en On fairy tales llama subcreación a lo que hace el ser humano cuando construye mundos, y en Mythopoeia lo resume mejor de lo que voy a poder resumirlo yo: creamos según la ley con la que fuimos creados. Las proezas de los elfos en su obra eran subcreaciones de Ilúvatar, que les dio ese poder de crear, y nuestras máquinas son subcreaciones nuestras exactamente por el mismo mecanismo. Dos personajes brillantes con concepciones de la naturaleza totalmente opuestas que, en este punto, habrían estado relativamente de acuerdo.
Esto confiere a nuestras creaciones una suerte de humanidad transitiva: la propiedad de que aquello que hacemos siga siendo humano aunque ya no se nos parezca, porque viene de nosotros. El avión vendría a ser tan humano como la mano que lo dibujó y la mente que lo imaginó. Un modelo que juega al go no piensa como nosotros pero juega, y precisamente por eso es una de las cosas más humanas que hemos construido nunca. Es la parte de nosotros que sale a explorar el espacio de soluciones donde nuestra biología se desorienta y se pierde esperando al bibliotecario que le diga por qué pasillo empezar a buscar.
Lo cual, si me permiten aterrizarlo en el bucle, cambia la pregunta útil. «¿Es verdadera inteligencia?» no tiene respuesta y no le sirve a nadie el lunes por la mañana (aunque amenice sobremesas). La que sí sirve es «en qué problemas piensa mejor que nosotros», para saber dónde ubicarnos. Porque el lugar que queda para nosotros podría no estar donde la máquina es peor sino donde es distinta.
Y nos va a costar aceptar esa inteligencia distinta como inteligencia, igual que no aceptamos a los aviones como los pájaros y, sin embargo, vuelan.












