Lecciones del renacimiento sobre los tiempos de la innovación en la era de los computadores

¿Tenemos ahora ciclos de innovación más rápidos que antes? ¿Se ha acelerado el ritmo de progreso? El meme más extendido respondería a esa pregunta de forma afirmativa: pareciera que en las últimas décadas se ha acelerado la innovación, el ritmo al que se suceden las revoluciones tecnológicas. Pero, ¿es eso cierto? ¿Qué podemos aprender de la historia?

Cegados como estamos con nuestra visión contemporánea, me encantó la visión de Ada Palmer invitada al podcast de Dwarkesh Patel que pude disfrutar (¡que pude disfrutar y disfruté!; muchísimo, de hecho) en una larga entrevista/conversación en el podcast, profesora de historia en la Universidad de Chicago especializada en el renacimiento. Dura un par de horas, pero por el tiempo que pide una película me pareció sensacional.

Su tesis, como ya podréis imaginar, contradice el instinto contemporáneo. No, el ritmo de la innovación no es significativamente mayor ahora, pero la cercanía nos hace percibir como revoluciones diferentes lo que no son más que iteraciones de una gran invención previa (en nuestro caso, la invención de la computadora). Para ilustrar su visión nos trae varios ejemplos, vamos a ver un par de ellos.

De Petrarca a Maquiavelo y al método científico

Un primer ejemplo. Petrarca en el s. XIV se propone restituir a los clásicos. Tras sobrevivir a la Peste Negra y ver morir a todos sus amigos, Petrarca sintió que vivía en una era de oscuridad comparada con la gloria de Roma. Así que se propone recuperar las virtudes romanas a través de la lectura de Cicerón y otros clásicos para reconstruir una sociedad civilizada. Llegó al punto de imitar las vestimentas clásicas con lo que tenían a manos, que eran túnicas florentinas. Esa estética terminó cristalizando también como parte del renacimiento. Su visión es que mediante la lecturas de los clásicos se recuparían las virtudes, y mediante la designación de gobernantes virtuosos se recuparía el esplendor perdido.

Esto no sucedió y fueron necesarios unos 150 años de fracaso teórico humanista hasta la llegada de Maquiavelo, que supuso un punto de inflexión al aplicar una visión empirista a la política. En lugar de confiar ciegamente en la lectura de los clásicos, Maquiavelo propone observar cuáles prácticas funcionan y cuáles no, e imitar y extender las que funcionan.

El empirismo revolucionario de Maquiavelo, que reposa sobre los hombros de Petrarca, cristalizó en el método científico aupado por contribuciones como las de Francis Bacon o Galileo aún otro siglo más tarde que Maquiavelo.

Todos ellos aportan sobre los hombros de Petrarca, su visión de recuperar el esplendor de la humanidad a través de los libros, pero hicieron falta dos siglos para aprender a aprender usando libros y bibliotecas (mediante el análisis de los mismos, y no meramente leyéndolos). En parte porque esos dos siglos fueron los que transcurren entre la invención de la imprenta y la producción abundante de libros, que no es algo inmediato. Lo que nos lleva al siguiente ejemplo ilustrativo.

De Gutenberg a la reforma del cristianismo

Gutenberg no propicia la reforma, pero sí cambia la arquitectura de la información y con ella la arquitectura del poder.

Antes de la imprenta, la Iglesia podía censurar las herejías, silenciar a sus autores, y tema zanjado. Dado que escribir un manuscrito era carísimo y una labor ardua y duplicarlo era igualmente costoso en ambos sentidos, esta censura era sencilla. Con la aparición de la imprenta los manuscritos se imprimen y replican a mucha velocidad. La censura se dificulta.

Pero vamos al tema de los tiempos. Gutenberg inventa su imprenta alrededor de 1450. Imprime unas biblias y se arruina porque no logra venderlas todas (sólo los sacerdotes tenían permiso para leerla; un mercado muy reducido). El banco que le prestó el dinero intenta repetir el negocio, y también se arruina. Se necesitarían 40 años hasta que en la década de 1490 alguien consigue ganar dinero con la imprenta. Sucedió en Venecia, que con su puerto es el gran centro comercial de la época, ciudad donde la economía de escala de impresión de libros por fin permitía imprimir un par de cientos de libros y venderlos a diferentes capitanes de barco.

La publicación de las 95 tesis de Lutero y su traducción del nuevo testamento al alemán que propician la reforma protestante no llegarían hasta aproximadamente la década de 1520 (otros 30 años). El ciclo completo de la reforma anglicana se extiende en el tiempo desde más o menos ese 1520 hasta casi 1560, a cuyo final encontramos la contrarreforma católica (~1560) que consolida los cambios, más de un siglo tras la invención de la imprenta.

¿Y sobre las revoluciones tecnológicas contemporáneas?

De nuevo el caso de la imprenta es ilustrativo. Desde su invención en 1450 hasta que se logra convertir en un negocio rentable en Venecia pasan varias décadas (1490).

Pero como los libros son lentos de producir, y no hay tantos libros diferentes que vender, así que una vez comprada la imprenta los dueños comienzan a imprimir panfletos, algo que sucede ya en el s. XVI y hasta el XVII. Al principio simples pasquines sin cabecera ni autor con cotilleos y noticias de actualidad más o menos increíbles y exageradas, para darle uso a la máquina cuando no había libro que imprimir.

Pero hay más. Como estos panfletos tienen dudosa credibilidad y se prestan a la difamación, una siguiente iteración nos lleva a la invención de los periódicos, ya en el s. XVII, como forma de establecer una credibilidad y una relación entre quienes imprimen los panfletos y quienes los leen

Y tras la invención del periódico llegan los magazines, que a modo de lo que ahora llamarían fact checking, se dedican a analizar de forma pausada las noticias de diferentes periódicos.

Todo esto pueden ser percibidos como diferentes revoluciones en cómo se produce y consume información, pero en realidad es todo consecuencia de una única revolución que es la propiciada por la invención de la imprenta por Gutenberg.

Es ahí donde entra la invención de la computadora. Se inventa el computador (1945), luego el microprocesador (1971), ordenador persona (1981), world wide web pública (1991, primeros dominios registrados en los 1980s), smartphone (~2005-2010), y la actual ola de incipiente inteligencia artificual cuya evolución aún está por ver, pero a buen seguro tardará unos años en verse su esplendor (¡o su sucesor!) Todo ello nos lleva ya en un viaje que dura 80 años, y no sabemos aún donde ni cuándo terminará su impacto. Desde luego, el paralelismo trazado por Ada Palmer como historiadora es como poco sugerente desde el punto de vista intelectual.

[Imagen: El monje en la cafetería, por servidor de ustedes con ayuda de Gemini.]

La IA, la caída del foso DevOps, y la soberanía digital de los independientes

PadelPulse

Hace un tiempo volví a jugar al pádel. Estuve años fuera de las pistas, desde que sufrí una rotura de ligamento cruzado, pero he vuelto con ganas. Tanto que cuando en la escuela donde entreno me comentaron que iban a organizar una liga de padel y gestionarla en un documento de Excel me dio por programar una aplicación para gestionar ligas. Nada del otro mundo, pero sí lo suficiente para desoxidar un poco mis conocimientos de Node.js.

Lo interesante no es la aplicación en sí, sino cómo ha cobrado vida. Estamos en 2026: la gran mayoría del código la ha escrito un modelo de IA. Cero sorpresas aquí a estas alturas.

Pero programar no lo es todo. Hay que conseguir que la aplicación esté disponible. Los programadores abordan esto con memes del tipo «aquí tienes mi aplicación que tengo corriendo en localhost». No los culpo, muchos están aún en la fase de negación del cambio que viene.

Existe, aún así, el runrún de que las DevOps son el último foso de defensa de los roles técnicos ante el fulgurante ascenso de la IA, lo que más tiempo va a resistir ante la inevitable automatización.

Coolify: La democratización de la infraestructura

Ahí es donde entra Coolify, y es el descubrimiento que quiero compartir. Si la IA ha democratizado la creación de software, Coolify democratiza su propiedad.

Es una herramienta de software libre que se instala en tu propio servidor y lo convierte en un centro de mando profesional. Lo que antes requería un equipo de «DevOps» ahora lo haces tú con un par de clics:

  • Autonomía real: Tú eliges el servidor. Tú eres dueño de tus datos. Sin «tarifas por usuario» ni límites arbitrarios.
  • Complejidad invisible: No hace falta ser un experto en Docker o arquitecturas de red. Coolify se conecta a tu código, detecta qué has programado y lo pone a funcionar automáticamente.
  • Soberanía Digital: Es el equivalente a tener tu propia central eléctrica en casa en lugar de depender de la red general.
  • Gestión de copias de seguridad. Coolify facilita mucho la gestión de copias de seguridad de todos los componentes de tu solución.

Este juguetito también fue sugerido por el propio LLM, cuando le pregunté por arquitecturas end-to-end. Con ayuda paso a paso personalizada para las diferentes piezas de mi solución, que el mismo modelo había ayudado a construir.

La nueva escala del conocimiento

Lo que más me fascina de esta combinación (IA + Coolify) es que el conocimiento exhaustivo ya no es un peaje para la entrada. Antes, para montar un sistema de integración continua (que tu web se actualice sola al cambiar el código), necesitabas semanas de estudio. Hoy, es una casilla que marcas en un panel visual.

Esta dupla permite que alguien con una buena idea y un conocimiento base pueda competir en la liga de los grandes. No solo como usuarios avanzados, o constructores de sitios con un CMS, sino como arquitectos independientes.

La IA no te va a robar el trabajo produciendo software; te va a robar la diversión

Cada ola tecnológica trae su propia ola de miedo asociada. La ola de IA generativa en la que andamos desde hace unos años no es diferente y esta vez quienes andan muy preocupados por su futuro laboral son los programadores, que temen ser reemplazados y están nerviosos porque no están acostumbrados a percibirse prescindibles. La historia, no obstante, sugiere algo diferente.

Hablemos de los contables. Cuando llegaron las hojas de cálculo, pese a la revolución que supuso para la contabilidad, los contables no desaparecieron. Al contrario: aumentó la cantidad de gente que hacía tareas contables. Lo que sí cambió fue la satisfacción de esas personas toda vez que el software se quedó con la parte interesante del trabajo interesante (análisis) y los humanos con lo repetitivo (introducir datos en un formulario).

Con la programación pasará algo parecido.

La IA ya programa por nosotros. El placer de crear desde cero seguirá existiendo, pero ocupará menos espacio. El rol del humano va a pivotar hacia la revisión de software producido por la máquina, afinar prompts e integrar sistemas (quizá las tareas de devops y soporte sean una suerte de último foso de defensa para roles técnicos). ¿Les va a gustar? Probablemente no, probablemente desprecien esa labor tanto como desprecian actualizar tickets en Jira, porque la magia del rol que han hecho durante décadas, la resolución de problemas, el reto intelectual, va a ser resuelta por la máquina. La parte intelectualmente reconfortante se la queda la máquina, justo como le pasó a los contables.

Pero no significa que vaya a faltar trabajo. Los backlogs de todas las empresas están desbordados. Se necesitará más gente en roles de producción de software, aunque cambie el nombre de esos roles y la manera de trabajar. Quizá cambien los salarios, quizá cambien las tareas, pero la demanda no desaparece.

El verdadero reto que tienen por delante los trabajadores no sería, por tanto, perder el trabajo, sino reinventar la profesión para mantenerla relevante.

Siempre he pensado que los programadores que no se interesaban por el negocio iban algo cojos. Lo mismo puede decirse de quienes hacen desarrollo de negocio en empresas tecnológicas y no tienen interés por la tecnología. En la era de la inteligencia artificial ser capaz de abrazarse cómodamente tanto al negocio como a la tecnología dejar de ser un plus para ser condición básica de supervivencia.

¿Eres programador? La IA no está destruyendo tu profesión. Pero la ha cambiado para siempre. Los humanos tienen ahora que encontrar su lugar en este nuevo contexto, con una cadena de valor que claramente les pide otras habilidades.

What is Real, de Adam Becker

What is Real, Adam becker

Sigo aprovechando las fiestas navideñas para ir leyendo libros de esos que compro por encima de mis posibilidades y tengo acumulados en casa sin haberlos siquiera ojeado en demasía. En esta ocasión le ha tocado a What is Real de Adam Becker, un libro sobre física cuántica con un enfoque centrado en la filosofía de la ciencia y no tanto en el aspecto matemático del tema.

What is Real es un repaso a la historia de la física cuántica. No tiene ecuaciones, no es un manual de estudio de cuántica, para eso hay otros libros. Pero es muy didáctico y explica muy bien cómo se desarrolló la teoría de la mecánica cuántica, desde los primeros avances en el modelo atómico en los albores del s. XX hasta nuestros días.

El libro toma como eje para su relato la discusión entre quienes consideran que la mecánica cuántica es una teoría completa y quienes consideran que si bien es una teoría que funciona, tiene algunos fundamentos teóricos cogidos con pinzas y que no están suficientemente explicados. Mientras Niels Bohr es el representante más visible de los primeros, Albert Einstein viene a ser la voz más visible de entre quienes consideran que la teoría está incompleta.

Partiendo de ese aspecto, Becker repasa el siglo de progreso técnico y teórico en torno a la mecánica cuántica, en el que realmente ha habido poco avance teórico. Y partiendo de los argumentos de unos y otros hace un buen repaso del tema desde el punto de vista de la filosofía de la ciencia y cómo las tendencias dominantes en este ámbito colindante a la propia investigación fundamental en mecánica cuántica influyó (e influye) en el desarrollo y estancamiento de la misma. .

Una de las cosas relevantes aquí es también el cambio en el curriculum de los investigadores en física. Mientras a principios del s. XX los físicos tenían una amplia formación filosófica, con personas como Albert Einstein o Niels Bohr manejando con fluidez el pensamiento de Ernst Mach o Emmanuel Kant. A día de hoy, los físicos no suelen tener esta formación en filosofía y eso se traduce en una incapacidad para explicar el mundo, para convertir sus observaciones experimentales en teorías profundas. Hay muchas causas que llevan a esto, desde la hiperespecialización necesaria ante el crecimiento del campo de estudio al dominio estadounidense desde la segunda guerra mundial (decididamente más pragmático) frente al liderazgo científico y de pensamiento europeo. Reconstruir el puente que va de la física a la filosofía se presenta como algo necesario.

Ya en la parte final del libro se discuten avances en cosmofísica y computación cuántica, al hilo de campos científicos que a día de hoy persiguen profundizar en el marco de la teoría para explicar mejor sus propios resultados de investigación. Ahí el libro entronca muy bien con Programming the Universe, que ya comentamos en su día, que es un libro que en su día me pareció que tenía algunas ideas locas que, si bien me siguen pareciendo locas hoy, ahora puedo encajar mejor en el contexto más amplio.

En general, una lectura que me ha encantado y sirve para empezar este 2026 aprendiendo sobre algunos de mis temas preferidos. Ah, la historia de Georg Duckwitz la leí en este libro.

Georg Duckwitz, el diplomático alemán que ayudó a escapar a miles de judíos daneses durante la 2ª Guerra Mundial

Georg Ferdinand Duckwitz

Al poco de comenzar la segunda guerra mundial, la alemania nazi invadió Dinamarca.

Durante 3 años, las leyes contra los judíos ya vigentes en Alemania no se aplicaron en Dinamarca. Sin embargo, a finales de 1943, la SS ya tomaba posiciones en Copenhague, con vistas a aplicar las mismas políticas de deportación y exterminio que estaban aplicando en otros sitios.

Aquí es donde Georg Ferdinand Duckwitz entra en escena. Como diplomático alemán destinado en Copenhague filtró el plan a la comunidad judía varios días antes del inicio de la campaña de detenciones.

Cuando la SS fue puerta por puerta buscando judíos en sus casas y puestos de trabajo, se habían desvanecido.

Días después el gobierno sueco, neutral en la guerra, ofreció asilo a los judíos daneses. De los 8000 judíos que vivían en Copenhague se estima que el 95% logró escapar gracias al chivatazo de Duckwitz. Así fue como Georg Duckwitz salvó miles de vidas.

El software ante su momento WYSIWYG

El software en su momento WYSIWYG

Llevamos ya unos cuantos años trasteando con chatbots basados en Grandes Modelos de Lenguaje (LLM). Y, seamos sinceros, desde hace tiempo ya podíamos montarnos la típica aplicación chorra —o el script de usar y tirar.

Pero es este 2025 que estamos terminando el año en que el progreso empieza a ser, de verdad, bueno.

La seducción de La Era del Diamante

Es imposible no acordarse de La Era del Diamante de Neal Stephenson. Un libro que, por cierto, me gustó bastante. Ese futuro en el que, gracias a la tecnología, tejes al vuelo, de forma casi instantánea, todo lo que necesitas, me resulta hoy cada vez más familiar.

Si ahora mismo me enfrento a una aplicación pequeña y específica para automatizar alguna tarea recurrente, la puedo tener funcional en apenas unos minutos. Sin programar.

Y aquí viene lo interesante: incluso sabiendo que yo podría programar esa tarea con mis manos, el proceso manual me llevaría horas. Esta aplicación es solo para mí: no me importa que no esté superoptimizada, no necesito cumplir requisitos de accesibilidad universales, ni tampoco documentar su modo de uso al detalle para el resto de la humanidad. Es un hack personal, directo y al grano.

El software se Vuelve WYSIWYG

Con los LLM de 2025 —y recordemos esto: son los peores LLM que tendremos jamás, porque la cosa solo va a ir a mejor—, el software se convierte en algo mucho menos ceremonial que hasta ahora. Hay una nueva capa de abstracción en el stack, y el software convencional que todos conocemos va a ser producido con ella, del mismo modo que los documentos y hojas de cálculo son producidos con ese mismo software convencional.

Y hay analogías. Del mismo modo que no buceamos en el complejísimo XML de nuestras hojas de cálculo, tampoco vamos a bucear en el código de ese software que nos da el LLM y que sencillamente cumple su función. El software está teniendo su momento WYSIWYG (What You See Is What You Get).

Sí, aceptémoslo: el código que generen estos LLM será feo, ilegible, lleno de boilerplate y, probablemente, subóptimo en cuanto a rendimiento. Pero la ecuación es demoledora:

  • Te hace el avío y te permite avanzar.
  • Funciona rápido.
  • Hace diez minutos no existía y ahora te está solucionando esa tarea recurrente que te robaba tiempo.

El valor se traslada de la perfección del artefacto a la velocidad de resolución.

Si este primer cuarto de siglo ha estado marcado por Internet de forma indudable (os lo cuenta un niño de aquella última generación analógica que creció sin ordenadores ni Facebook), no tengo ni idea de cómo vamos a navegar el siguiente cuarto de siglo, pero estoy convencido de que nuestra relación con los ordenadores —y con la programación— va a cambiar de una forma que hará que el copy-paste parezca una técnica pretérita.

Lo que todo esto signifique para la estructura de nuestra sociedad, para la jerarquía del conocimiento y para el futuro de las necesarias competencias digitales, está aún por ver. Pero hablaremos de ello otro día.

[Imagen: creada por servidor de ustedes usando Gemini de Google.]

Es constancia, no motivación

Mucha gente dice que para hacer algo difícil y que valga la pena, necesitan estar motivados. O que la razón por la que no se aferran a sus metas es porque les falta motivación. Pero el ejército me enseñó que la gente no necesita motivación; necesita autodisciplina. La motivación es solo un sentimiento. La autodisciplina es: «Voy a hacer esto sin importar cómo me sienta». Rara vez a la gente le gusta hacer algo difícil. A menudo, lo que distingue a las personas exitosas de las no existosas es hacer aquello para lo que no se sienten motivados.

Rob K. Henderson, Troubled

La última vez que te pusiste a dieta no te faltó motivación, te faltó constancia. Probablemente te pasará lo mismo en enero si te apuntas al gimnasio para perder ese kilo de más que habrás engordado durante las fiestas navideñas.

Constancia. Perseverancia. Capacidad de esfuerzo, o de concentración, o de sacrificio si nos sentimos lingüísticamente épicos. O quizá tan solo sea autodisciplina, como la llama Rob Henderson, indudablemente influido por sus años de servicio en el ejército.

Ahí está la clave, no en la motivación. Motivación tenemos todos: ¿a quién no le va a gustar estar más flaco/fuerte/sacar adelante todos esos proyectos paralelos?

De Rob Henderson hemos hablado en alguna ocasión y sus creencias de lujo tienen entrada en nuestra pedia por ser un concepto relevantísimo para entender cómo se extienden ideas que terminan favoreciendo a los grupos sociales mejor situados a costa de los más desfavorecidos.

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