Llevamos ya unos cuantos años trasteando con chatbots basados en Grandes Modelos de Lenguaje (LLM). Y, seamos sinceros, desde hace tiempo ya podíamos montarnos la típica aplicación chorra —o el script de usar y tirar.
Pero es este 2025 que estamos terminando el año en que el progreso empieza a ser, de verdad, bueno.
La seducción de La Era del Diamante
Es imposible no acordarse de La Era del Diamante de Neal Stephenson. Un libro que, por cierto, me gustó bastante. Ese futuro en el que, gracias a la tecnología, tejes al vuelo, de forma casi instantánea, todo lo que necesitas, me resulta hoy cada vez más familiar.
Si ahora mismo me enfrento a una aplicación pequeña y específica para automatizar alguna tarea recurrente, la puedo tener funcional en apenas unos minutos. Sin programar.
Y aquí viene lo interesante: incluso sabiendo que yo podría programar esa tarea con mis manos, el proceso manual me llevaría horas. Esta aplicación es solo para mí: no me importa que no esté superoptimizada, no necesito cumplir requisitos de accesibilidad universales, ni tampoco documentar su modo de uso al detalle para el resto de la humanidad. Es un hack personal, directo y al grano.
El software se Vuelve WYSIWYG
Con los LLM de 2025 —y recordemos esto: son los peores LLM que tendremos jamás, porque la cosa solo va a ir a mejor—, el software se convierte en algo mucho menos ceremonial que hasta ahora. Hay una nueva capa de abstracción en el stack, y el software convencional que todos conocemos va a ser producido con ella, del mismo modo que los documentos y hojas de cálculo son producidos con ese mismo software convencional.
Y hay analogías. Del mismo modo que no buceamos en el complejísimo XML de nuestras hojas de cálculo, tampoco vamos a bucear en el código de ese software que nos da el LLM y que sencillamente cumple su función. El software está teniendo su momento WYSIWYG (What You See Is What You Get).
Sí, aceptémoslo: el código que generen estos LLM será feo, ilegible, lleno de boilerplate y, probablemente, subóptimo en cuanto a rendimiento. Pero la ecuación es demoledora:
- Te hace el avío y te permite avanzar.
- Funciona rápido.
- Hace diez minutos no existía y ahora te está solucionando esa tarea recurrente que te robaba tiempo.
El valor se traslada de la perfección del artefacto a la velocidad de resolución.
Si este primer cuarto de siglo ha estado marcado por Internet de forma indudable (os lo cuenta un niño de aquella última generación analógica que creció sin ordenadores ni Facebook), no tengo ni idea de cómo vamos a navegar el siguiente cuarto de siglo, pero estoy convencido de que nuestra relación con los ordenadores —y con la programación— va a cambiar de una forma que hará que el copy-paste parezca una técnica pretérita.
Lo que todo esto signifique para la estructura de nuestra sociedad, para la jerarquía del conocimiento y para el futuro de las necesarias competencias digitales, está aún por ver. Pero hablaremos de ello otro día.
[Imagen: creada por servidor de ustedes usando Gemini de Google.]





