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«¿Hay solución para los secuestros aéreos durante el vuelo? Sí, la hay». Así comienza el anuncio de la compañía que fabrica los Brazaletes RFID con descarga eléctrica que el gobierno federal estadounidense está negociando implantar y ante los cuales la ACLU ha lanzado una campaña de movilización en aquel país.
El objetivo no es otro que el de obligarnos a todos los que nos montemos en un avión a utilizar un brazalete con identificación mediante radiofrecuencias que además está preparado para proporcionarnos (me encanta la neolengua) una descarga eléctrica si hacemos algo que el uniformado de turno considere inapropiado. Supongo que luego lo llevarán a otras partes, ya se sabe que ¡esto está lleno de terroristas!
Detalles que comentar:
Poco más, Pululante dice que estos brazaletes son parte del teatro de seguridad. Yo ni siquiera diré eso: estos brazaletes son puro fascismo, obedece o te vas a cagar (quizá literalmente) con la descarga que te voy a meter. Si los Estados los adoptan e intentan obligarnos a usarlos, estarán dejando bastante claro de qué va la cosa. Si la sociedad no los rechaza abierta y mayoritariamente, quizá estará demostrando (una vez más) que al final tenemos lo que nos merecemos. En el sentido más estricto: nadie puede cobrar sin trabajar, nadie puede ser libre si no defiende su libertad.
Una noticia que ya tiene casi un mes pero me parece tan importante que no la puedo dejar sin publicar. El gobierno holandés pide a los investigadores que encontraron deficiencias de seguridad en el chip rfid de la oyster card(*) que no publiquen los resultados (TheRegister).
Me recordó peligrosamente al caso de unos investigadores estadounidenses que averiguaron cómo romper un sistema anticopia y que, en virtud de la DMCA, fueron censurados bajo la amenaza de cortarle toda la financiación y perder su puesto de trabajo si incumplían la ley. Con ese buen rollito da gusto, por cierto, que sea el Estado el que te pague... y te extorsione. Esto muestra, además, cuál es el verdadero fin de mucha legislación sobre propiedad intelectual.
Sin embargo, el gobierno holandés tendrá que soportar no sólo las culpas por haber extendido un sistema RFID poco fiable, sino la vergüenza de ver cómo los tribunales le dan la razón a los investigadores, que podrán publicar sus datos a partir de octubre (TheReg).
El caso del DRM lo leí hace ya mucho tiempo en El anarquista en la biblioteca. Imagináos que en Europa aún no tenemos una ley como la odiosa DMCA, aunque el G8 quiera introducirla con calzador, la UE quiera ampliar hasta 95 años la duración del privilegio de explotación musical y las enmiendas torpedo quieran subyugar a la sociedad digital. ¿Tendremos la misma suerte cuando todo esté en marcha? Mejor no comprobarlo.
Nota al pie:
(*) en la Oyster y en otro montón de tarjetas que usan chips similares.
Uno a uno, los estados europeos van introduciendo los pasaportes con chip RFID (España hace ya un par de años que los emite). El último del que tengo conocimiento es Francia, que planea comenzar a emitirlos en junio de 2009 (rue89).
Por supuesto, a mí me parece mala idea meter en documentos oficiales información biométrica que puede ser leída a distancia y por cualquiera, ya que la seguridad de esta tecnología ha sido probada insuficiente en repetidas ocasiones (clonado, lectura y modificación de datos en el pasaporte). Además, ni siquiera sirve que el chip cifrado (aunque nos proteja del scamming ocasional, no servirá frente a alguien que quiera llevar a cabo suplantación de identidad). Por la propia naturaleza del funcionamiento del chip: no sirve de nada que esté cifrado porque emite siempre la misma información y el atacante no necesita saber qué información hay, tan sólo necesita poder copiarla en otro chip que luego engañe al sistema.
En fin, tan sólo informar que la cosa sigue ahí, aunque ya no salga más en las noticias. Si yo fuera francés, ¿qué haría? Renovar mi pasaporte antes de que me den el nuevo con RFID, así lo tendría sin chip durante un tiempo. Y si no llego a tiempo para eso, pues pillarme una funda anti-RFID, que funcionan muy bien.
Y por supuesto, si de mí (y de mucha más gente, que lo sé bien) dependiera: estos chips no estarían en documentos oficiales.
Parecía que la RFID había ya dado el asalto final a los hospitales y puede que efectivamente sea así, motivo por el cual no deja de ser preocupante que existan pruebas de etiquetas RFID interfiriendo a dispositivos médicos (Wall Street Journal via /.). En concreto estas etiquetas han modificado la frecuencia de venteo de las máquinas para respiración artificial, lo cual creo es lo suficientemente grave.
Evidentemente, toda tecnología tiene sus problemas, sólo hay que aprender a aislarlos. También un aparato para Resonancia magnética nuclear equivale a la muerte para alguien que tenga un marcapasos, y eso no nos impide utilizarlo.
El verdadero problema es que este hecho será pasado absolutamente por alto, porque el objetivo es llenarlo todo de chips RFID. Recuerden cuando nos intentaron convencer de que un RFID es lo mejor para que un cirujano no se olvide el bisturí dentro del paciente, cuando todos sabemos que enseñar a contar herramientas antes y después de la operación es más barato y mejor (antes que volver al médico un irresponsable dependiente de la electrónica, enseñarle a poner concentración en su trabajo).
Sobre RFID en este blog hemos hablado mucho, y que últimamente hablemos algo menos no debe ser entendido como una disminución del interés de este tema. Más aún, es un tema cada vez más interesante porque es un tema que cada vez está más extendido y del que los medios no informan en absoluto o informan de forma equivocada (mencionando la propaganda que reparten los fabricantes sin hacer hincapié en los problemas que conlleva esta tecnología).
Hoy vamos a comentar unas notas sobre RFID en hospitales que se me han ido acumulando.
La tecnología de identificación mediante radiofrecuencias (RFID) tiene muchas aplicaciones y es ya una realidad mucho más extendida que lo que podría parecer si atendemos al poco conocimiento que de la misma tiene el gran público (digamos, la ciudadanía). Sin embargo, entre estas aplicaciones no pocas entran en conflicto con la privacidad de las personas, poniéndola en peligro la mayoría de las veces tanto esta privacidad como otros derechos fundamentales.
No hay dudas al respecto: cuando hablamos de RFID y privacidad una de las polémicas estrella es el seguimiento detallado de personas. Esta idea no es nueva, aunque en Industry Wizards hablen de «nueva tecnología RFID»: el seguimiento de personas en espacios cerrados mediante RFID fue patentado por IBM [pdf]. Es el típico sistema que luego permite el seguimiento de todo tipo de personas y no sólo de aquellos que, en teoría, se decía que serían vigilados.
Si la tecnología no es nueva, lo nuevo hay que buscarlo en el grado de extensión, desarrollo u implantación de la misma. Esa es la verdadera novedad: se acerca la extensión sin tapujos de estos sistemas, no sólo en aplicaciones desarrolladas por y para el FBI, sino que va a ser puesta a disposición de empresas para que los apliquen en sus fábricas y en sus oficinas, como nos contó Natalia. El sistema en cuestión ha sido bautizado como NOX y Nat compartía una captura de pantalla de la interfaz que nos muestra los registros de monitorización de los chips espías.
Este NOX, como todo sistema de vigilancia contemporáneo, está mucho más allá del panóptico de Bentham o del Gran Hermano de Orwell. Superan esa visión centralizada de la vigilancia para descentralizarla y convertirla en una vigilancia mucho más ubicua y fácil de llevar a cabo. De hecho, tanto el panóptico como el Gran Hermano son modelos de un centralismo tal que su puesta a punto es directamente inalcanzable, por lo que el trazado de un verdadero sistema de vigilancia social pasa precisamente por la solución descentralizada que avanza este plan: repartir la carga de la vigilancia y llevarla mucho más allá del Panóptico, para meterse de lleno en Foucault y su vigilar y castigar.
Cabría desear un poco de defensa legal ante estas medidas pero, ¿cabe esperarla? No parece probable cuando estos sistemas de vigilancia y las empresas que los desarrollan emergen en torno a la financiación pública.
De esta forma la obtención de una ley que preserve nuestras libertades se muestra como una batalla dura contra el estado y su semántica de combate. Conviene (es casi imprescindible) recordar en esos momentos de dura contienda dividida, que la privacidad no es un problema técnico, sino un problema legal.
España va bien. Va tan bien que cada vez importamos las malas ideas que paren en el resto del mundo con menos retraso. El hospital asturiano de Cabueñes inicia el seguimiento y espía de sus pacientes mediante RFID, lo leemos en La voz de Asturias (gracias xman). Una mala noticia. El sistema escogido es el de pulsera electrónica, por lo que han de saber que un enfermo en Asturias recibe ahora exactamente el mismo trato y los mismos galones que un preso Tailandés (a los británicos en lugar de pulseras se los quieren meter hasta el fondo, el chip -digo).
He hablado antes del tema: ¿Chips RFID para enfermos de Alzheimer? No gracias (este caso es perfectamente explicable según los mismos e idénticos argumentos) y también cuando tuvieron la genial idea de proponerlo para evitar que los médicos olviden los bisturíes y las pinzas dentro del estómago antes de coser (¿no es más fácil enseñarlos a contar herramienas antes y después de la operación y desarrollar un protocolo que los obligue a contar realmente?). Esos dos casos obedecían a la lógica de implantación de esta tecnología de control, empezar por las capas sociales más bajas (enfermos terminales, o enfermos simplemente), pero desarrolle un método para encarcelar terroristas sin juicio previo y pronto no se aplicará sólo a terroristas: ya se han anunciado los primeros planes de seguimiento de universitarios -y otro apunte similar más antiguo- (y esto está lejos de ser un estrato social bajo).
Por todos los dioses, se han gastado 300.000 eurazos en un sistema de mierda, para que ahora cualquier capullo pueda volver loco al sistema duplicando chips y los señores médicos (que no doctores) confiados en su tecnología punta ni se paren a ver si los expedientes que están leyendo realmente corresponden a la persona que tienen delante.
¿Qué les puedo decir? ¿Recuerdan aquella película de terror? «Ya están aquííííííííííííí». Fatal.